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Apócrifo, pero cierto: Un encargo macabro

Domingo, 12 de diciembre de 2010 Dejar un comentario Ir a comentarios

Cuando el vizconde Otto von Utter, a partir de ahora vizconde de O., leyó la extraña petición de Antoine, se limitó a encogerse de hombros. Hombre curtido por la vida, estaba acostumbrado a aceptar todo tipo de vicisitudes sin apenas inmutarse. A pesar de su aparente indiferencia, el vizconde de O. sabía que no podía fallar a Antoine. Aunque esto supusiera introducirse en un territorio hostil y extranjero, viajando más de mil kilómetros de penoso camino. Aunque tuviese que enfrentarse, desde su aristocrática posición, a unos revolucionarios descerebrados. Aunque se enfrentara ineludiblemente con las autoridades competentes. Aunque no supiera si saldría con vida de tan peligrosa aventura. Y solo para ayudar a un conocido que, años atrás, le había hecho caer en desgracia con su familia y su prometida.

Durante el viaje del vizconde de O. a París en el año 1774, su vida dio un giro inesperado. Sus costumbres relajadas y su amplia visión del hedonismo vital, le hicieron vivir la experiencia sin freno. La proximidad del matrimonio le hizo entregarse al libertinaje con una pasión que nunca había conocido y que no volvería a revivir. Su excesivo ritmo de vida supuso una dramática mengua en sus posibles. Cierta noche, a punto de salir del enésimo burdel parisino, ajustándose la chaqueta de su traje, comprobó con cierta preocupación que en su bolsa no había suficiente dinero para pagar los placeres recibidos. Su situación de cliente habitual, más su título de vizconde, le sacaron del apuro momentáneamente. Pero necesitaba una fuente de ingresos rápidamente. Hombre poco amigo de las cartas de crédito y del trabajo físico, encontró solución a su penuria en el bolsillo secreto de su chaleco. Allí guardaba la joya de su familia, un precioso anillo de oro blanco en el que había engarzado un diamante de 432 quilates, que debería sellar su próximo maridaje, tal y como habían hecho todos los primogénitos de su linaje, desde que habían alcanzado su inmerecida posición en la nobleza de su país.

A pesar de su corta estancia en la capital francesa, ya tenía un amplio conocimiento de los bajos fondos de la misma. No tuvo problemas en encontrar a un comprador de alta cuna, al que pensaba recomprar el anillo, en cuanto recibiese el peculio paterno que esperaba en breves días. Su único error fue no comunicarle al comprador sus intenciones.

El comprador resultó ser Antoine Laurent de Lavoisier, que lo recibió con una incómoda sonrisa unos días después.

Así que quiere usted recuperar su anillo.

En efecto replicó el vizconde de O.. El dinero no será problema.

Oh, en absoluto, se lo puedo devolver gratis, aunque ha sufrido una pequeña transformación. Acompáñeme.

A pesar de la inquietud que traslucían todos los gestos de Antoine, el vizconde de O. captó el orgullo en las palabras del ilustre químico francés. Con creciente desasosiego, el vizconde siguió a Antoine hasta su asombroso laboratorio. Se sentó en la única silla que había disponible y observó al joven aristócrata revolver en todos los cajones de la amplia pieza. Tras cinco minutos de búsqueda, Antoine se sentó encima de una mesa, sonriendo cordialmente.

Aquí está.

En la mano derecha sostenía el aro del anillo y en la izquierda balanceaba un frasco de cristal, repleto de un contenido oscuro. El vizconde de O. miró con asombró el anillo. La perfecta circunferencia de oro blanco no había sufrido percance alguno. El problema era el diamante, el orgullo de su familia: no estaba.

¿Y el diamante?

La orgullosa sonrisa de Lavoisier creció imperceptiblemente.

Aquí El balanceo del frasco se hizo más notable. El vizconde de O. percibió el oscuro contenido más nítidamente. Era humo—. Es anhídrido carbónico. Yo estaba en lo cierto, el diamante está constituido por carbono.

¿Anhídrido carbónico?Indagó negligentemente el vizconde de O.

Más conocido como humo. Aquí lo tiene. No es necesario que me devuelva el dinero. Ha contribuido usted al avance de la ciencia. ¿Quiere que le invite a una cerveza? Aquíal lado hay una taberna…

Y así comenzó la amistad del vizconde con Antoine Laurent de Lavoisier, amistad afianzada por el intercambio epistolar de los dos hombres. La familia del vizconde no vio con buenos ojos la anécdota y mucho menos su prometida, que dejó de serlo.

Ahora, veinte años más tarde, el vizconde de O. estaba a punto de reencontrarse con su amigo. Había recorrido los mil kilómetros sin percances, no había encontrado ninguna dificultad para infiltrarse entre los revolucionarios franceses, su falsa identidad había conseguido engañar a los altos funcionarios y parecía que la aventura podría concluir felizmente, dentro de las penosas circunstancias de la misma. La puerta de la celda gimió estridente. El vizconde apretó la carta que había transportado durante esos inquietantes veinticinco días y que ahora llevaba completamente arrugada en la mano derecha. Antoine estaba sentado junto a una mesa, escasamente iluminada por la luz de un candil. Escribía a gran velocidad.

Deje la comida sobre la cama dijo sin darse la vuelta.

Antoine

¡Otto, eres tú! Loados sean los dioses. Pensé que no llegarías a tiempo. La ejecución es mañana.

A la mañana siguiente, Otto anduvo junto a Antoine. Nadie diría que el que daba sus últimos pasos era el espigado francés, tal era su tranquilidad al caminar. La sombra de la guillotina se erguía sobre sus cabezas.

El verdugo condujo a Antoine hasta el funesto artilugio. Dos guardias impidieron el paso a Otto. Antoine se detuvo altivo.

Déjenle pasar. Viene conmigo.

Los guardias se amedrentaron ante el tono autoritario de su compatriota.

Siento hacerte esto, amigo. No podía acudir a nadie más. Es por la ciencia.

El vizconde se situó al otro lado del cadalso y observó la afilada cuchilla que se alzaba sobre la cabeza de su amigo. Este le guiñó un ojo. El vizconde de O. recordó entonces las tranquilas palabras que le había dirigido Antoine en la breve entrevista que habían mantenido la tarde anterior.

Es una situación de difícil demostración empírica, por la ausencia de voluntarios para los experimentos. Pero la oportunidad la pintan calva. Creo firmemente en que el cerebro es el centro del pensamiento humano. Y también opino que es posible que la cabeza siga pensando, aunque sea unos segundos, una vez separada del cuerpo. Mañana lo podré demostrar. Pero te necesito a ti, para que registres el resultado del experimento. Sospecho que yo no podré hacerlo. Si una vez que me corten la cabeza, sigo pensando, te guiñaré el ojo derecho tres veces. Se han registrado guiños y otros espasmos en otras ejecuciones, pero podría ser una reacción casual. Si guiño el ojo tres veces, eliminaremos la casualidad de las observaciones. Es por la ciencia.

El verdugo cortó la cuerda y la hoja pareció suspenderse en el aire, como negándose a acatar la ley que la obligaba a cercenar la cabeza de uno de los más grandes químicos de la historia. Su vuelo fue sorprendentemente breve. Aunque para el verdugo fue aún más sorprendente la reacción del amigo de Lavoisier. Sus ojos estaban desbordados por las lágrimas. Pero una sonrisa de complicidad se dibujaba en su rostro. Le dedicó tres guiños antes de alejarse, andando con estudiada parsimonia.

Cheap Iron

[Comentario de la redacción]: Primera entrada nueva de antiguos colaboradores que publicamos en el blog, inaugurando la serie "Apócrifo pero cierto" de la que próximamente tendremos más material. 

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  1. Lunes, 13 de diciembre de 2010 a las 01:25 | #1

    ¡Excelente que te hayas animado a desempolvar tu afilada pluma, Cheap Iron!

  2. Cheap Iron
    Lunes, 13 de diciembre de 2010 a las 20:23 | #2

    Gracias, franwerst. La verdad es que últimamente la tengo un poco desafilada (la pluma, oigan), pero tengo unos cuantos “apócrifos” en la recámara, así que a ver si realmente la desempolvo (la pluma, señores (y señoras)).
    Recuerdo mis inicios en Quanto, cuando me peleaba con los padres de la criatura para que me dejaran publicar mis gilipolleces no científicas. Supongo que Arturo y compañía no habrían visto con malos ojos estas gilipolleces sí científicas.
    En breve le mandaré a Dabidovich el siguiente apócrifo (mucho más apócrifo que este, por cierto (aunque también mucho más difundido)).

  3. Martes, 14 de diciembre de 2010 a las 01:09 | #3

    Suponiendo que:

    - todo el diamante estaba dentro del frasco
    - que el frasco tenía un litro de capacidad y
    - que la temperatura era de 20C

    resulta que el frasco almacenaba el humo a 173 atmósferas de presión. ¿De qué material sería y qué grosor no tendría?

    El encanto de este relato está en su verosimilitud. Yo creo que un diamante de 1 kilate es más que suficiente para que sea una joya llamativa y permite números más razonables (2 atm, igual que una bombona de butano).

    En cualquier caso, me ha encantado.

  4. Cheap Iron
    Martes, 14 de diciembre de 2010 a las 19:28 | #4

    ¡173 atmósferas! Eso no es nada para los recipientes que gastaba monsieur Lavoisier (o quizás exageré un poco el número de quilates (en realidad iba a poner 432000, pero no me acababa de gustar el número…)).

    Ah, y muchas gracias por el cálculo (pero entiende que un quilate hubiera sido un desprestigio para la familia de Otto).

  1. Lunes, 13 de diciembre de 2010 a las 01:20 | #1
  2. Lunes, 13 de diciembre de 2010 a las 22:17 | #2
  3. Lunes, 20 de diciembre de 2010 a las 13:51 | #3