Otto von Utter aceptó con indiferencia la noticia que le comunicó el rector de la Universidad de Wildstone. Hombre desapegado y conformista, cuya mayor virtud era la dejadez estoica, escuchó las palabras de su máximo superior sin apenas dibujar un gesto. Dicen los que le vieron que el asomo de un movimiento afirmativo fue todo lo que pudieron leer, más allá de su expresión conforme. Alguno insinuó, tras intercambiar unas palabras con Otto, que la indiferencia que le causó la noticia sólo era comparable a la que le producía el inesperado declive de la caza del pato en su pequeña, aunque encantadora, localidad natal.
Aquella mañana se dirigió a la oficina y, en lugar de tomar las llaves de la camioneta, que había conducido en los últimos dos meses, cogió las del coche oficial del rector. Con un saludo desmañado, se despidió del conserje y dirigió el vehículo a la dirección estipulada.
Un joven de aspecto despistado, de asombroso parecido con Otto, le esperaba desgarbadamente en la acera de la calle. Otto bajó la ventanilla del coche.
-¿Es usted Albert Einstein?
-En efecto- replicó el joven.
-Suba, voy a ser su chófer. Me llamo Otto.
Sin mayor ceremonia, el joven se introdujo en el vehículo y Otto condujo hacia las afueras de la ciudad. Una hora más tarde, los dos hombres llegaban a una pequeña sala de conferencias, en el ayuntamiento de Shamokin. La sala estaba llena a rebosar. Una espectacular ovación saludó su llegada. Albert y Otto caminaron juntos hasta la primera fila de la sala. Allí sus caminos se separaron: Albert se encaramó a la tárima y Otto se sentó en un asiento reservado. El silencio se hizo en la sala.

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Cuando Otto von Utter escuchó la campanilla de la puerta, no pudo evitar contraer su rostro con un gesto de fastidio. Aunque nadie que no le conociera bien se hubiera aventurado a predecir esa emoción en la habitualmente impávida cara de Otto. Hombre reflexivo hasta el aburrimiento, paciente extremo, de pachorra proverbial aceptaba con resignación estos avatares de la vida.
Durante dos años había sido feliz en su ferretería de Nueva Jersey, clasificando formones, alicates, tenazas, sargentos y remachadoras, haciendo recuento de arandelas, tuercas, tornillos y clavos, inventariando cortavarillas, amoladoras y taladros y, muy de cuando en cuando, atendiendo a clientes despistados. El prototipo habitual del parroquiano de su ultramarinos metálicos era un conductor que se había perdido en la autopista y que, con la excusa de comprar unos ganchos o, en caso de suma generosidad, un juego de destornilladores, le preguntaba cómo tomar el desvío que le llevaría al centro de la ciudad. Otto los atendía con su singular mansedumbre, pasivo hasta la médula, pero con su innato aire llano y afable que hacía que todos los que le conocían sintieran por él una inmediata simpatía, a veces cercana a la más sincera admiración. Así se había granjeado numerosas amistades, una de las cuales era la culpable de su inminente fastidio, ya que, sin lugar a dudas, era la responsable de la interrupción de su deliciosamente aburrido censo de escarpias.
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Cuando el vizconde Otto von Utter, a partir de ahora vizconde de O., leyó la extraña petición de Antoine, se limitó a encogerse de hombros. Hombre curtido por la vida, estaba acostumbrado a aceptar todo tipo de vicisitudes sin apenas inmutarse. A pesar de su aparente indiferencia, el vizconde de O. sabía que no podía fallar a Antoine. Aunque esto supusiera introducirse en un territorio hostil y extranjero, viajando más de mil kilómetros de penoso camino. Aunque tuviese que enfrentarse, desde su aristocrática posición, a unos revolucionarios descerebrados. Aunque se enfrentara ineludiblemente con las autoridades competentes. Aunque no supiera si saldría con vida de tan peligrosa aventura. Y solo para ayudar a un conocido que, años atrás, le había hecho caer en desgracia con su familia y su prometida.
Durante el viaje del vizconde de O. a París en el año 1774, su vida dio un giro inesperado. Sus costumbres relajadas y su amplia visión del hedonismo vital, le hicieron vivir la experiencia sin freno. La proximidad del matrimonio le hizo entregarse al libertinaje con una pasión que nunca había conocido y que no volvería a revivir. Su excesivo ritmo de vida supuso una dramática mengua en sus posibles. Cierta noche, a punto de salir del enésimo burdel parisino, ajustándose la chaqueta de su traje, comprobó con cierta preocupación que en su bolsa no había suficiente dinero para pagar los placeres recibidos. Su situación de cliente habitual, más su título de vizconde, le sacaron del apuro momentáneamente. Pero necesitaba una fuente de ingresos rápidamente. Hombre poco amigo de las cartas de crédito y del trabajo físico, encontró solución a su penuria en el bolsillo secreto de su chaleco. Allí guardaba la joya de su familia, un precioso anillo de oro blanco en el que había engarzado un diamante de 432 quilates, que debería sellar su próximo maridaje, tal y como habían hecho todos los primogénitos de su linaje, desde que habían alcanzado su inmerecida posición en la nobleza de su país.
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¡Han dicho algo!